12 de junio de 2018

El sueño macrista terminó. ¿Comienza ahora la pesadilla "menem-delarruísta"?

A pesar de la euforia o los festejos del elenco estable de Cambiemos (funcionarios, políticos, medios y periodistas), la caída del modelo económico macrista en las garras del FMI demuestra la impericia de los gestores del neoliberalismo de turno en Argentina, más allá de la remanida falibilidad de este modelo en los países que habitan los arrabales de la economía mundial. Como enseñaba el profesor emérito de la UBA, Aldo Ferrer, si acordamos que la globalización es inevitable, "cada país tiene la globalización que se merece en virtud de la calidad de sus políticas nacionales".(1) Y el macrismo (o Cambiemos) ha elegido una globalización sometida para nuestro país. Un tipo de dependencia económica (y su dramático efecto inmediato en lo social) similar a la escogida por el establishment criollo durante los gobiernos autoritarios de la "década infame", el "Proceso de Reorganización Nacional" o en la década democrática del menemato. Pero, a diferencia de aquellos protagonistas, los actuales parecen ser una legión de astutos empresarios o financistas oportunistas que se lanzaron a improvisar en la economía política, creyendo que quien conoce los resquicios de la economía empresarial o financiera puede conducir un país. Es por eso que la que llamamos "revolución macrista"(2) tiene objetivos muy claros, plazos limitados, un pésimo uso de las herramientas económicas y un descaro para tomar medidas tan grande como su ignorancia de las consecuencias sociales y políticas de las mismas.
Toda la parafernalia macrista de propaganda, marketing, uso novedoso de las redes sociales con fines propagandísticos y el big data alcanzaron para ganar elecciones y llegar hasta acá. Pero se llegó a un límite, el de la realidad social y política. Blandir la “no política” para gobernar es similar a utilizar la (si se me permite el neologismo)  “no medicina” para curar: una contradicción en sus términos. Las políticas que alcanzaron a Macri para gobernar exitosamente durante dos períodos la próspera ciudad de Buenos Aires no fueron sólo las propias sino, fundamentalmente, las políticas nacionales aplicadas por el gobierno nacional (el kirchnerismo), con su crecimiento constante del PBI y del mercado interno. Acabada esa savia que llenaba los bolsillos de porteños y arcas públicas porteñas, la mencionada parafernalia macrista pasó a ser sólo espejitos de colores. El sueño terminó, el juguete con el que los CEOs y empresarios jugaron a la política se rompió y la lluvia de inversiones con que soñaron e hicieron soñar a la mitad de los electores en 2015 pasó a ser una lluvia de deuda externa, Lebacs, inflación, desempleo, pobreza, tarifazos y, finalmente, el FMI.
Empezaron creyendo que las inversiones extranjeras (que para ellos son las únicas que valen) sumado a la prosperidad del “campo” impulsaría la economía. Pero eso falló.
Siguieron con el plan de endeudarse a una velocidad inusitada y un ajuste “gradual”. Pero eso también falló.
Probaron entonces con un generoso blanqueo (en especial para ellos mismos) y una reforma jubilatoria como anzuelo para los reacios legisladores de la oposición. Pero, oh casualidad, eso también falló.
Después hicieron uso de las famosas Lebacs y un ajuste socializado entre las provincias. Pero eso también falló.
Y, finalmente, apelaron a la “original” y “salvadora” jugada de arrodillarse ante el FMI y sus receta (similar al plan económico macrista original). Recurso que tanto ortodoxos como heterodoxos de la economía (y la historia nacional e internacional) representa en sí mismo un fracaso de las medidas macristas, y la mayoría de ellos auguran que fallará.(3)

Como señala Luis Tonelli: “Por más de dos años, el PRO aparecía como lo impetuosamente nuevo, que iba a barrer con las “viejas y vetustas formas de hacer política”. Se imponía la comunicación a través de imágenes, despolitizada, simple, desideologizada. Había llegado el tiempo de rostros jóvenes, sonrientes, despreocupados, alegres. Se acaban los rictus dramáticos, los discursos tribuneros, las declaraciones destempladas. Era el momento de los curriculums y no de las historias. De los postgrados y no de los experimentados. De los exitosos en la actividad privada y no de los mediocres de la actividad pública”.(4)

Por todo eso, no es necesario adivinar qué es lo que vendrá. Nuestra historia económica es demoledora con los ejemplos del fracaso de estas recetas. Además, no solo la historia nos ilustra sobre las andanzas del FMI: en 2010, mientras Argentina festejaba el bicentenario de su revolución, en medio de un júbilo y una economía que crecía y distribuía entre todos, Grecia recurría al FMI y sus recetas para salir de una crisis. Hoy, ocho años después, se debate en un estancamiento y retroceso socioeconómico feroz que deberíamos analizar seriamente. “Grecia cumplió con todas las condiciones que impuso el Fondo pero terminó hundida no solo en la peor recesión de su historia sino también en la más dramática depresión económica que haya experimentado una nación en el último siglo sin haber atravesado una guerra. Un desplome del PBI del 27%, caídas del 40% del salario real, las jubilaciones y los planes sociales, una desocupación que supera el 22% y araña el 50% entre los jóvenes y una inversión real fija que bajó a la mitad en relación al PBI”.(5)

Sin embargo, la historia no es mecánica ni rígida, es plástica, no la hacen los líderes ni las instituciones, la hacen los pueblos (perdón por el arcaísmo) y su circunstancia. No es una ciencia dura, y es dinámica y multicausal, para analizarla no sirven las matemáticas ni las planillas Excel. Pero no debemos obviar las referencias históricas y culturales; y menos las nuestras, tan abundantes en relación a movimientos populares protagonistas, que surgen sin avisar y barren con las cadenas del status quo impuesto por los círculos rojos, los establishment o las oligarquías de turno, dependiendo de la semántica de época.

Ya definimos aquí las características de esta revolución autóctona conservadora o restauradora(6), y las distintas etapas que recorrió hasta hoy(7). Pero en esta nueva y turbulenta etapa, que comienza con el apresurado y sorpresivo anuncio del regreso del FMI a tallar en el país, el panorama que se atisba no es tan claro como en los casos anteriores. No sólo porque las sociedades no se comportan mecánicamente ni repiten conductas cíclicas (como gustan afirmar los aprendices de hechiceros puestos a pronosticar en ciencias sociales), sino que avanzan o retroceden a lo sumo en forma de oleadas, imprecisas e imprevistas muchas veces, pero seguramente sin obedecer o respetar leyes o certezas de comentaristas o panelistas de TV. No obstante, sí podemos afirmar que las próximas medidas del gobierno de Cambiemos (que dijo llegar para mejorar la vida de todos, que no iba a quitarnos nada y mejorar lo que estaba bien y cambiar lo que estaba mal) serán resistidas por el pueblo. Cómo será esa resistencia popular no puede pronosticarse, pero seguramente será similar y tan  innovadora como las experiencias históricas que atravesó la Argentina. No obstante, lo que sí podemos afirmar es que los tiempos que vienen serán económicamente duros, socialmente movidos y políticamente intensos. El estallido de 2001 no va a repetirse (la historia nunca se repite); tampoco lo hará la larga crisis de los 90, ya que las circunstancias políticas y económicas son diferentes. Pero no deben descartarse movilizaciones y represión similares, el desprestigio de la política y los políticos, la caída en desgracia de liderazgos actuales (del oficialismo y de la oposición) y el surgimiento de nuevos. Sin embargo, como venimos afirmando aquí, no debemos obviar los hechos y los movimientos históricos al analizar el presente y menos al pronosticar el futuro. El entusiasmo de analistas, panelistas de TV y políticos en soslayar el papel futuro de quien gobernó hasta 2015 (Cristina Fernández) y se retiró con una plaza llena e índices de aprobación envidiados por todos los presidentes anteriores (menos Néstor Kirchner) es envidiable. Más aún cuando ignoran (voluntariamente o no) nuestra propia historia política. No vamos a repetir acá los hechos y conceptos sobre el tema que hemos analizado oportunamente, pero sí subrayar una característica de nuestra sociedad: el surgimiento de líderes políticos populares que en el libre juego de las urnas son reelectos, y que los defensores del status quo deben derrocarlos, encarcelarlos o proscribirlos para que no regresen al gobierno. Es que los votantes argentinos suelen ser caprichosos e insistir en votarlos a pesar de las cruzadas de desprestigio en su contra. Ya decíamos en julio de 2017:
"Para evitar el regreso del kirchnerismo, el círculo rojo y el gobierno (que forma parte del mismo) utilizarán cualquier método a mano, como lo han hecho en los casos anteriores. Para mencionar tan sólo algunos, recordemos la proscripción, persecución o encarcelamiento de Yrigoyen y muchos de sus funcionarios y partidarios, y la  persecución, encarcelamiento o proscripción de Perón y muchos de sus funcionarios y partidarios. Sin embargo, en esos casos ambos gobiernos populares fueron derrocados por la fuerza, cosa que no es viable en este siglo. No obstante, en estos últimos meses suena cada vez más probable las otras dos variantes, la cárcel y la proscripción para los miembros del actual movimiento popular, independientemente de que sea justificadas o no las causas judiciales impulsadas".(6)


Esta característica de nuestra sociedad de reciclar sus movimientos populares, de resurgir de las cenizas en las que la convirtió el establishment de turno, debe sopesarse muy bien antes de barajar y dar de nuevo en el juego de la política electoral que se avecina. No sea cosa que nos distraigamos con los fuegos de artificio de los medios hegemónicos (y los no tanto) y el drama de los padecimientos socioeconómicos o la represión de todo tipo que se adivina en el horizonte y nos sorprendamos nuevamente con la regeneración o remozamiento en 2019 de un neokirchnerismo, del mismo modo que surgieron un neoperonismo en 2003 o un neoyrigoyenismo en 1945.

Aunque nada es seguro, la posibilidad de la repetición de este fenómeno autóctono existe. Y, según, parece, como hemos dicho más de una vez, el gobierno parece estar dando pasos firmes e involuntarios en ese sentido, y tal vez aproximarse peligrosamente la pesadilla menem-delarruísta o tal vez una resaca macrista. Esa parece ser la causa por la que el círculo rojo está preocupado por los últimos acontecimientos y apurado para tomar medidas anticipatorias ante esa posibilidad. Al parecer, adivina que su sueño macrista (y el de gran parte de los votantes de Cambiemos del 2015) ya ha terminado. Obviamente, esta es la foto del momento; por lo tanto hay que esperar y ver toda la película. Pero creemos, humildemente,  que esta película ya la hemos visto antes. Y más de una vez.





26 de mayo de 2018

La crisis generada por la Revolución Macrista todavía tiene que madurar.

La que aquí denominamos Revolución Macrista hace un año transita un período de crisis, que casi la totalidad de los críticos -desde la izquierda y la derecha- no dudan en considerar como terminal. Desde aquí no discutimos esa caracterización, pero no vaticinamos que su apogeo se verifique en el corto plazo. Los beneficios de la "pesada herencia" le dan un plafón de subsistencia al modelo neoliberal desplegado por Cambiemos (en forma desprolija, casi un mamarracho). Los funcionarios del PRO que ejecutan las medidas de gobierno más importantes, y los funcionarios que a modo de decorado republicano aporta el radicalismo, muestran una inoperancia histórica; lo que sumado al error de diagnóstico y la cerrazón ideológica o ideologismo que ostentan conforma un cocktail explosivo pocas veces visto en nuestra historia. Una revisión detallada de este disparate puede verse en Un modelo que nació fallido de @elloropolitico en el blog Artepolítica.
Sin embargo, esto no obsta para que el plan original del macrismo (una revolución conservadora, restauradora, como ya detallamos aquí (1)siga su curso, incluso en medio de esta crisis autoimpuesta, buscando la redistribución regresiva de la riqueza nacional.
Desde el principio de su gobierno, Cambiemos se topó con un obstáculo para implementar las medidas más regresivas: la resistencia de la sociedad. Sin embargo, los ideólogos macristas piensan solucionar este impedimento apelando a las ineludibles exigencias del FMI. En efecto, el Fondo obligará al gobierno a aplicar el programa económico de ajuste sin fin que el mismo macrismo vino a aplicar. En ese sentido, el FMI es Cambiemos con otro rostro, y por eso el ministro Dujovne acaba de ser elevado a coordinador del gabinete económico, es decir: el delegado del Fondo Monetario en el gobierno. La relación gobierno-FMI promete ser una relación carnal, por eso es que lo esperable no es nada inesperado para los argentinos.
Miremos en perspectiva: el ajuste económico será cada vez más violento, lo que empeorará la misma economía que trata de salvar de una crisis autoimpuesta, y en una espiral descendente ya vivida en nuestra historia, la destrucción de la industria nacional (principalmente de las PYMEs) aumentando la desocupación, la pobreza y la indigencia. Fomentando la emigración, la inseguridad producto de la desigualdad irremediable y, finalmente, el desinterés de cada vez más gente por la política.
A medida que empeore la economía nacional (un "número puesto" en estos procesos) más crudo y antirepublicano será el trato a los políticos opositores (y expartidarios) y manifestantes.
Este gobierno de derecha ha demostrado ser el que peor gestiona la economía, y el que ejerce el poder político y judicial en forma más cruda y menos democrática y republicana. Tiene rasgos de la tristemente famosa Revolución Libertadora, como ya tipificamos aquí. (2)
Nuestra historia muestra cabalmente que la derecha nunca entrega el poder voluntariamente, salvo por fuerza mayor y luego de una crisis provocada por ella misma.
Si puede planificar la entrega tratará antes de destruir cualquier movimiento nacional y popular que pueda sucederla. Ahora sabe que esta es su última oportunidad para cristalizar los cambios que benefician a sus intereses políticos pero principalmente económicos, por eso está tan cebada en los cambios revolucionarios implementados a cualquier costo que está llevando a cabo. Como habíamos anunciado aquí (3) antes de la segunda vuelta que llevó a Macri a la Casa Rosada, los propósitos de esta nueva vieja derecha nacional eran bien claros entonces. El tema es que el complejo mediático y el establishment los ocultaron muy eficientemente. Pero, también, como dijimos en octubre pasado aquí en (4):

(...) todo proceso revolucionario de este tipo, no se da sin una resistencia popular o política como la que se atisba en la Argentina del siglo XXI. Así como para aplicar este modelo en los años posyrigoyenistas se tuvo que encarcelar a Yrigoyen y sus partidarios, y para hacerlo en los años posperonistas se tuvo que proscribir a Perón y perseguir o encarcelar a los peronistas, actualmente Cambiemos deberá hacer lo propio con Cristina y los kirchneristas. Esta es la etapa que más asemejamos a la fase “general Aramburu” de la Revolución Libertadora del posperonismo (...). Toda acción contra los intereses populares conlleva una reacción ya sea política o sindical, y para eso el macrismo está preparado. Y los métodos son la persecución o amenaza mediática o judicial, la represión callejera o por los servicios de inteligencia, ya liberados de cualquier control estatal o judicial y económicamente empoderados por el gobierno. Luego de los resultados electorales aparece Cristina Fernández como la cabeza de la oposición franca al modelo menemista-macrista, y por eso la expresidente se convirtió en un escollo insalvable para sus políticas. Más aún, como lo fueron Yrigoyen y Perón en sus respectivas épocas, ella representa además “el pasado mejor” que permanece en el inconsciente colectivo para comparar con el presente de penurias que se vive, y que todo indica que empeorará en los próximos años. Ergo: como para “la década infame” en los años treinta y para “la revolución fusiladora” en los cincuenta, para Cambiemos y “el círculo rojo” macrista, Cristina es el obstáculo a eliminar en la política nacional. Sea como sea y caiga quien caiga.
Sólo el tiempo dilucidará el rumbo que tome la sociedad en los próximos dos años, pero no creemos que varíe mucho de lo sugerido aquí. Los tiempos políticos y sociales son mucho más lentos que lo esperado por los observadores o protagonistas, y la inercia de los procesos explica los lentos desplazamientos electorales. Sin embargo, cuando una sociedad protagoniza un giro en su visión política, ésta es difícilmente detenida en el corto plazo de dos años.

Y, además, ya en febrero último señalábamos en (5) que:

Esta etapa de la revolución macrista se enfrenta a la caída de su imagen pública y, por lo tanto a la falta de apoyos en el congreso, algo con lo que había contado hasta ahora. Es por eso que, como adelantamos aquí, se ha recostado en sus rasgos autoritarios, no sólo en el aspecto de represión de la protesta social (ya cuenta con dos muertes a manos de las fuerzas de seguridad) sino en la utilización de jueces amigos del fuero federal para encarcelar manu militari a opositores, ya sean kirchneristas, de izquierda o sindicalistas (siempre que se opongan a sus políticas). También se ven esos rasgos al derogar o modificar leyes por decreto, como la ley de blanqueo, o al presionar a los gobernadores para que se vote la reforma previsional por el congreso.
Es de esperar que con el tiempo esta tendencia se acelere, y veamos que la economía no arranque, que la pobreza y desocupación crezcan, al igual que el déficit comercial y por ello el endeudamiento externo. Esto alimentará la protesta social, lo cual cebará la represión y los métodos para-constitucionales para implementar las medidas gubernamentales“.

Lo nuevo que estamos viendo en estas semanas es que el establishment (o "círculo rojo" como lo bautizó Macri) parece presionar al gobierno para que acelere a fondo en la redistribución a favor de sus intereses. Algo que señalamos en julio de 2016 (6):

La incógnita sobre la eficacia del macrismo para llevar adelante las próximas medidas de gobierno de su plan se despejará en los próximos seis o doce meses, cuando los medios de comunicación hegemónicos ya no puedan ocultar eficazmente los resultados perniciosos de la economía, cuando los titulares sobre la corrupción o la herencia kirchnerista no sirvan para “entretener” a la sociedad frente a la herencia y la corrupción propias. Será entonces cuando veremos si los métodos revolucionarios del macrismo son suficientes para seguir avanzando en su agenda de gobierno, si el establishment lo sigue apoyando o si le fija nuevos objetivos y, principalmente, si la sociedad sigue avalando su rumbo. De no ser así, veremos qué métodos utiliza entonces para continuar con su programa de gobierno, si aminora la marcha o si acelera a pesar de todo y de todos. Porque la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios.

Ante este panorama, los tiempos que vienen prometen ser "interesantes" para las ciencias sociales, aunque no para los ciudadanos. Y no serán iguales a lo ya conocido en nuestra historia, porque programas como este ya han sido aplicados en Argentina pos muerte de Perón, pero no con paritarias libres, movimientos sociales acostumbrados a la lucha en las calles y sindicatos no unificados en una CGT única y obediente al poder. Y, menos aún con un gobierno anterior que entregó el país bastante mejor que como lo recibió y con un pueblo acostumbrado a esperar que el mañana sea mejor que el hoy y mucho mejor que el ayer. Es por eso que señalamos en el título que la crisis auto-infringida por Cambiemos aún no tocó fondo, no llegó a su último peldaño, todavía tiene tiempo para madurar, para ir generando el clima propicio para provocar un cambio de rumbo brusco en la política nacional, como ya ha ocurrido más de una vez en nuestra historia, aunque con una identidad nueva, distinta aunque similar a los grandes movimientos populares autóctonos. (...) la sociedad, los sectores subalternos, las clases plebeyas, retomen nuevamente la capacidad de organización. Nadie se moviliza perpetuamente. No hay revolución perpetua. (...) esta generación que hoy está de pie vivió los tiempos de la derrota del neoliberalismo, vivió la victoria temporal de los gobiernos progresistas y revolucionarios, y ahora está en este periodo intermedio. Por lo tanto, tiene el conocimiento y tiene la experiencia para retomar la iniciativa. Acordamos por eso con la visión que tiene de los movimientos populares el teórico y vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera:

(...) La revolución es por oleadas, no por ciclos” Cuando tú hablas de ciclo, significa que todo tiene un inicio, una estabilización y un fin. Es algo natural como la ley de la gravedad. Hagas lo que hagas, protestes o te movilices, así será de aquí a 50 años, cuando venga otro ciclo. Esta es una mirada que le arrebata el protagonismo al ser humano, que olvida el papel de la subjetividad colectiva en la construcción de los hechos sociales. Es falsa.
(...) lo que reivindicamos es la lógica de los flujos, las oleadas, que es un poco la experiencia que uno adquiere en la vida. Las transformaciones se dan por oleadas. La gente se articula, se unifica, crea sentido común, tiene ideas fuerza, se convierte en ser universal, es decir, ser que pelea por todos. Logra derechos, acuerdos, Estado, política. Pero luego pasa a la vida cotidiana. No puede estar en asamblea todos los días. (7)

No obstante, tenemos que señalar que los costos serán grandes, el daño social amplio, los tiempos no serán templados y muchos de los actores sociales actuales pueden cambiar, mutar. Lo que no cambiará será el hecho de que el movimiento que surja será producto de la cultura política y social autóctona, por lo que tenemos que bucear en nuestra historia para imaginar no quiénes serán los protagonistas principales sino sus características fundamentales. Pero, eso sí, insistimos, el fruto de esta crisis no está maduro aún y, como decían nuestros abuelos: tiempo al tiempo...











1 de febrero de 2018

Aparecieron los límites de la Revolución macrista y aflora su sesgo autoritario.

Luego de dos años de un gobierno sin mayoría en ninguna de las cámaras pero altamente exitoso en implementar sus medidas, Cambiemos comienza a enfrentar los límites de su modelo económico y social y, por ende, a mostrar sus rasgos autoritarios. Pero esto no es una sorpresa para quienes no votaron a Macri en la segunda vuelta y no lo votarían nunca. Es tan solo la confirmación de sus temores. Sólo con el enorme camuflaje de los medios hegemónicos que lo apoyan puede el macrismo evadir bastante bien los escándalos de corrupción (ahora llamados "conflicto de intereses"), los graves resultados de su política económica y la verdadera cara de las falsas promesas electorales que le posibilitaron seducir a millones de sus votantes.
Desde 2015 venimos señalando que el macrismo no es sólo un gobierno de centroderecha más, sino una fuerza política que llegó para ensayar una verdadera revolución conservadora, y que se cree capaz de lograr (e incluso ir más allá) los objetivos que intentaron en nuestra historia la autodenominada Revolución Libertadora, la última dictadura y el menemismo. No repetiremos aquí los hechos y conceptos que adelantamos en diversas notas al respecto (fruto no de la quiromancia o la adivinación sino de un frío análisis político de Cambiemos y de la historia argentina), pero sí señalaremos algunos de los signos actuales del giro autoritario del macrismo que adelantamos en dichas notas.
El gobierno en 2018 ha dejado de intentar la negociación con la oposición para utilizar los decretos. Tiene en claro que un período de gobierno no es suficiente para realizar las transformaciones que el establishment necesita para asegurarse que las reformas conservadoras sean irreversibles en el mediano plazo, y que no vuelva ningún movimiento nacional y popular a disputarle sus privilegios centenarios que intenta reconquistar.
Cambiemos enfrenta, a su vez, los fantasmas de sus propias promesas de campaña y el imaginario del "cambio" que sus votantes construyeron independientemente de Cambiemos mismo. Tanto las inversiones prometidas, la derrota de la inflación y la desaparición de la pobreza, como la protección de los derechos y adelantos sociales ganados durante el kirchnerismo han demostrado ser meros espejitos de colores ofrecidos a cambio del voto. La cruda realidad actual abofetea a cientos de miles de votantes macristas, muchos de los cuales votaron un cambio impreciso, nebuloso que creyeron mejoraría su situación y la del país. En cambio, el gobierno cumplio a rajatabla su programa revolucionario conservador no explicitado durante su campaña en 2015, pero sugerido por nosotros en 10 razones para votar a Macri y 10 razones para votar a Scioli. 
En 2015 y 2016 Cambiemos implementó rápidamente las primeras medidas revolucionarias de su modelo, provocando no sólo una transferencia económica a favor de los poderes concentrados y en contra de la mayoría de la población sino una crisis económica (la misma que los voceros neoliberales anunciaron inútilmente durante todo el kirchnerismo) que justificara las medidas de ajuste que "se vió obligado" a ejecutar en 2017 para sanear la economía...
Simultáneamente, la alianza del gobierno con algunos jueces federales y los medios hegemónicos (principalmente el Grupo Clarín) lanzó una cacería judicial de kirchneristas (corruptos o no), sindicalistas rebeldes y medios opositores, para llevarlos a prisión (con motivo o no) y así distraer todo lo posible la atención popular de las medidas de gobierno y sus consecuencias y, fundamentalmente, desprestigiar todo lo posible a cualquier político o movimiento político que en un futuro pudiese cuestionar el cambio de proyecto de país que el macrismo vino a instalar. Esto no puede concretarse sin una consolidación de lo que el macrismo mediático denominó "la grieta" entre los kirchneristas y el resto de la población. Aunque esa grieta no deja de ser una entelequia, un aggiornamiento de la división peronismo-antiperonismo o yrigoyenismo-antiyrigoyenismo del siglo pasado. Nuestra historia es esclarecedora en ese sentido, como señalamos en nuestras notas al respecto. "Nada nuevo en la villa del Señor": cuando un movimiento popular en el gobierno no puede ser atacado por sus problemas económicos o sociales, el establishment (el "círculo rojo" según Macri) apela a las denuncias de corrupción, verdaderas, ampliadas o falsas, para desprestigiar ese movimiento, incluso ante los mismos beneficiados por esas políticas, como analizamos aquí en ¿Todos los gobiernos populares son corruptos y demagogos? ¿Qué dice nuestra historia? 
Esta etapa de la revolución macrista se enfrenta a la caída de su imagen pública y, por lo tanto a la falta de apoyos en el congreso, algo con lo que había contado hasta ahora. Es por eso que, como adelantamos aquí, se ha recostado en sus rasgos autoritarios, no sólo en el aspecto de represión de la protesta social (ya cuenta con dos muertes a manos de las fuerzas de seguridad) sino en la utilización de jueces amigos del fuero federal para encarcelar manu militari a opositores, ya sean kirchneristas, de izquierda o sindicalistas (siempre que se opongan a sus políticas). También se ven esos rasgos al derogar o modificar leyes por decreto, como la ley de blanqueo, o al presionar a los gobernadores para que se vote la reforma previsional por el congreso.
Es de esperar que con el tiempo esta tendencia se acelere, y veamos que la economía no arranque, que la pobreza y desocupación crezcan, al igual que el déficit comercial y por ello el endeudamiento externo. Esto alimentará la protesta social, lo cual cebará la represión y los métodos para-constitucionales para implementar las medidas gubernamentales. Porque, como dijimos en La revolución macrista (II), una lección para la izquierda nacional : "la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios".
También debemos analizar la conducta de la oposición actual, sumada a la del pueblo que se vea perjudicado con el proyecto de país macrista (conservador, principalmente agroganadero exportador y de servicios) similar al de la Argentina de principios del siglo XX, donde convivían los pocos ricos oligarcas y los muchos trabajadores pobres, anterior a la movilidad social ascendente que diferenció a nuestro país de los demás de la región. A eso se deben las alianzas internacionales que busca el gobierno, y a los sacrificios que dispone para la población con tal de reducir el salario en dólares y reducir los derechos laborales para seducir a los capitales extranjeros. Para eso Argentina tiene que volver al modelo anterior al gobierno de Yrigoyen, si es posible, con tal de que los esquivos inversores extranjeros vuelquen su lluvia de dólares en nuestra tierra. El macrismo no cree en los capitales domésticos, en la industria nacional ni en la capacidad del estado para regular la economía a favor de la mayoría de la población. No obstante, eso es lo que en definitiva se votó (conscientemente o no) tanto en 2015 como en 2017. Eso hecho legitima las medidas impulsadas por el gobierno, coherentes con su ideología y sus ocho años de gobierno en la ciudad de Buenos Aires. Pero eso no excluye que la sociedad haga uso de sus mecanismos democráticos para oponerse a muchas de esas medidas que la perjudican, mediante la movilización popular, la protesta en las calles, las huelgas o la oposición en el congreso a través de sus legisladores. Y ese es el escenario que asoma en este 2018. El resultado es imprevisible, aunque ya adelantamos algunos conceptos a tener en cuenta en notas anteriores. Es de esperar una polarización entre el oficialismo y quienes representen mejor la oposición a este modelo. Como ya dijimos, Cristina Fernández de Kirchner parte en primera fila en ese aspecto, y sobresale como la líder de la oposición con mayor caudal de votos y con su historia de gestión, opuesta 180° a la de Cambiemos. Esto la convierte en el faro opositor a tener en cuenta ante cualquier medida perjudicial al pueblo, pero también la hace blanco de proscripción o encarcelamiento por parte del oficialismo, sus jueces y fiscales afines y el establishment. De ella y sus aliados dependerá en buena parte cuándo se produzca el fin del macrismo, en 2019 o en 2023. Es que, como dijimos en 2017: El retorno de Menem, Cavallo y el general Aramburu: "Los tiempos políticos y sociales son mucho más lentos que lo esperado por los observadores o protagonistas, y la inercia de los procesos explica los lentos desplazamientos electorales. Sin embargo, cuando una sociedad protagoniza un giro en su visión política, ésta es difícilmente detenida en el corto plazo de dos años", aunque esos dos años ya han pasado y, en nuestra humilde opinión, la revolución macrista dista de haberlos aprovechado suficientemente bien.

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