9 de julio de 2018

¿Es el macrismo el germen de otro gobierno "nacional y popular"?

Todo movimiento político que llega el poder tiene un origen anterior al primer día de gobierno. Si analizamos los movimientos políticos denominados nacionales y populares de nuestro país, veremos que no nacen de un día para el otro ni de una usina o "think tank" (perdón por el anglicismo), sino que es la resultante de diversas fuerzas politico-sociales que se enfrentaron a un gobierno o régimen (autoritario o no) anterior que no colmaba o desconocía los intereses populares. Por ejemplo, el radicalismo nació al calor del combate en las calles (y varias veces con las armas) contra "el régimen" conservador. El peronismo, a su vez, lo hizo convirtiéndose en el interprete y organizador de las fuerzas que se oponían a los gobiernos de la "década infame" del fraude y la corrupción abierta y estructural de la oligarquía agroexportadora. Y el kirchnerismo interpretó o fue producto de la crisis del 2001, generada por el menemismo y el delarruismo del "1 a 1", aunque en este caso sí creció y se fortaleció en pleno ejercicio del poder. Esos movimientos populares interpretaron las necesidades y deseos del pueblo, y cambiaron la realidad social, política y económica previa, por lo que se consolidaron en la consideración popular. Podemos afirmar que el germen de esos movimientos o partidos políticos fue el statu quo previo, las falencias y políticas antipopulares de esos gobiernos conservadores, liberales o neoliberales.
¿Podemos decir, entonces, que el actual gobierno conservador (que aquí denominamos como Revolución Macrista [1]) puede convertirse en el origen de un nuevo gobierno de raigambre popular? Creemos que sí, y así lo afirmamos desde un comienzo. Un gobierno que se esforzó en revertir la redistribución económica del kirchnerismo a favor de las clases baja y media, que anula o disminuye derechos adquiridos por el pueblo, que no deja de atacar la situación económica de la mayoría de los argentinos (incluyendo a quienes lo votaron) crea un caldo de cultivo fértil para el origen de un movimiento que se oponga a ese modelo de país. Los signos más evidentes no deben buscarse en las opiniones o reacciones de los partidarios de este tipo de movimientos populares sino en las propias bases de Cambiemos, principalmente en los referentes públicos que lo apoyaron desde el minuto uno y que ahora están saltando del Titanic. No son ellos más que la punta del iceberg de los desconformes con el macrismo, de quienes creyeron y dejaron de creer, de quienes son víctimas de las mismas políticas que apoyaron. La mayoría de ellos, que denostaban los subsidios estatales porque pensaban que sólo beneficiaban a los pobres o desocupados, seguramente descubrieron en estos años de ajuste macrista que ellos mismos habían sido beneficiarios de esos subsidios en los servicios públicos (gas, electricidad, agua potable y transporte) cuando vieron subir las tarifas en forma geométrica, lo que redujo su presupuesto familiar destinado a otros gastos prescindibles, como turismo, salidas semanales o electrodomésticos, algo a lo que se acostumbró durante el kirchnerismo.


Pero en materia de referentes públicos oficialistas, no hablamos sólo de Mirtha Legrand y sus degradados programas semanales, veamos otros ejemplos:




“Me avergüenzo de haber votado a Macri (…) Este grupo de elegantes que venía a fundar la modernidad se quedó sin letra y nos dejó de nuevo en la pradera de la desesperanza.
“Son modernos, ignoran las necesidades de los humildes, dueños de bancos y mesas de dinero que parecen no saber manejar ni ese mecanismo por el cual se enriquecieron”.
“No tenemos capitalismo productivo, solo una caterva de ladrones y coimeros (…) Esta es la última etapa de un país con ricos muy ricos y pobres muy pobres. Prometían inversiones y hoy los grandes grupos económicos se roban más de lo que producimos, esa es la verdadera razón de la creciente deuda”
Julio Bárbaro

 "Esperaba mucho más en lo económico y en el día a día del laburante que gana 18, 15, 13 lucas por mes. En el presente de los jubilados que cobran siete mil y pico. (…) Yo les creí. Yo esperaba más de esa gente. Creí que iba a bajar la inflación, que iba a haber más laburo. (...) El gobierno anterior en algunas cosas la pegó".
Alejandro Fantino

"El gobierno es su peor enemigo (…) Este gobierno se endeuda para afuera, pero no va a poder hacerlo durante mucho tiempo más. Es la historia argentina, siempre cada tanto se entra en default, esta película ya la vimos".
Jorge Lanata

"Es el peor momento del gobierno (…). El FMI es mala palabra (…). El gobierno perdió credibilidad, confianza, imagen positiva y hasta de intención de voto. Además perdió iniciativa política. Corre detrás de los problemas y tiene soberbia".
Alfredo Leuco

"Hay una suerte de empecinamiento en llevar al país por la banquina. Un presidente empecinado en no hacer modificaciones de fondo que son las que requieren el momento".
Marcelo Longobardi

"Lo peor está por venir. (…). Si se mira con detenimiento cómo llegamos a un dólar de casi 30 o por qué la economía es la más vulnerable del mundo (…) le podría servir al gobierno para modificar de una vez por todas esa estrategia de comunicación que consiste en vender optimismo para ganar elecciones en vez de reconocer la profundidad de la crisis. La Argentina es uno de los estados que más se ha endeudado en el exterior para financiar un déficit fiscal crónico (…). Este gobierno, ¿va a continuar tirando de la cuerda con el aumento de tarifas o va a mostrar al fin algo de sensibilidad social y les va a pedir a las grandes empresas que asuman parte del costo?"
Luis Majul

"Yo voté a Mauricio Macri. Soy de los pocos periodistas que lo dicen todo el tiempo. No por amor sino por descarte (…). Creo que Macri no satisfizo lo que esperábamos estos dos años y medio los votantes y la mayoría de los ciudadanos".
Luis Novaresio

Fuente: Tarde Piaste.


Incluso puede verse esta desazón frente al gobierno de Cambiemos en los miembros del “círculo rojo” al que Macri interpela en forma permanente. Por ejemplo, el empresario multimillonario Eduardo Constantini:

"Así como el Gobierno pecó de ingenuidad, también el mercado creyó en la estrategia argentina y esa estrategia falló. Y es claro ahora que no era consistente el plan. Yo mismo creí que podría cerrar. Hay una desilusión en forma virulenta".


Incluso el poderosísimo y simpatizante del macrismo Paolo Rocca, cabeza del grupo Techint, se refirió a los errores del gobierno:

Rocca pidió “tener un plan consistente y solido” para el desarrollo económico del país. (...) “lo importante es que haya movilidad social. Si hay movilidad social se puede crecer aunque haya pobreza”. (...) Para el titular de Techint “sin dudas, las dificultades actuales están afectando las cadenas de pago. Pero es un momento para poder mirar al mediano y largo plazo, y ver adónde podemos ir.

Fuente: Paolo Rocca: "Con la devaluación ganamos competitividad inmediata".


No nos referimos a la palabra de politólogos o cientistas sociales, pero sí a las dudas, desconfianza o críticas actuales de referentes públicos muy escuchados, lo que contribuye a difundir el desprestigio creciente de la palabra gubernamental y las falencias del modelo macrista. Este fenómeno nuevo constituye un caldo de cultivo de la búsqueda de una alternativa al oficialismo hostil con la población, algo ya visto en nuestra historia: el surgimiento de un nuevo movimiento nacional y popular. Por eso decimos que, paradójicamente, los pésimos resultados del modelo Cambiemos no hace más que fomentar el surgimiento de un modelo antitético, como señalamos más arriba con los ejemplos del yrigoyenismo y el peronismo en el siglo pasado y el kirchnerismo en el actual. Pero, como también lo muestra la historia, ni Cambiemos ni el establishment se entregará sin pelear, no renunciará al gobierno y menos aún al poder. Como ya señalamos aquí:

Nuestra historia muestra cabalmente que la derecha nunca entrega el poder voluntariamente, salvo por fuerza mayor y luego de una crisis provocada por ella misma.
Si puede planificar la entrega tratará antes de destruir cualquier movimiento nacional y popular que pueda sucederla. Ahora sabe que esta es su última oportunidad para cristalizar los cambios que benefician a sus intereses políticos pero principalmente económicos, por eso está tan cebada en los cambios revolucionarios implementados a cualquier costo que está llevando a cabo.
Sin embargo, del otro lado también hay jugadores hábiles, y muchos, por eso recordamos lo expuesto también aquí en otro oportunidad:
Acordamos por eso con la visión que tiene de los movimientos populares el teórico y vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera:
"(…) La revolución es por oleadas, no por ciclos” Cuando tú hablas de ciclo, significa que todo tiene un inicio, una estabilización y un fin. Es algo natural como la ley de la gravedad. Hagas lo que hagas, protestes o te movilices, así será de aquí a 50 años, cuando venga otro ciclo. Esta es una mirada que le arrebata el protagonismo al ser humano, que olvida el papel de la subjetividad colectiva en la construcción de los hechos sociales. Es falsa.
Las transformaciones se dan por oleadas. La gente se articula, se unifica, crea sentido común, tiene ideas fuerza, se convierte en ser universal, es decir, ser que pelea por todos. Logra derechos, acuerdos, Estado, política".(2)


Es por eso que afirmamos una vez más que Macri y Cambiemos puede resultar el germen de una nueva oleada nacional y popular, una pleamar que recupere lo perdido e intente ir más allá en sus logros; lo que suele suceder cuando el establishment, ciego por sus intereses de parte, por su incomprensión y desprecio por los intereses o la voluntad de las mayorías, se dedica a gobernar para su círculo íntimo solamente, hasta que el mismo pueblo impone el límite.
Por supuesto, no estamos hablando de matemáticas o ciencias duras sino de acontecimientos sociales, por eso los límites de esos hechos son difusos, pero suponemos que a grandes rasgos estamos a las puertas de un nuevo movimiento popular reivindicativo de los anteriores, principalmente como el resultado lógico de los descarnados errores del gobierno, del daño social y económico que le impuso y seguirá imponiendo a las mayorías, quienes observan impávidas la impunidad y rudeza con que el gobierno gobierna para “los ricos” a expensas del resto de la sociedad. Muchos de ellos descubren ahora los beneficios o derechos logrados durante el kirchnerismo; algo que creían natural en un país donde la política no estaba para modificar la realidad o dirigir las riendas del estado a favor de los menos favorecidos. Que también descubrirán que estar cada día mejor o que poder planificar el futuro no es algo natural y permanente, que el estado no está siempre de su lado cuando lo necesite frente a los poderosos, porque depende de quienes el pueblo coloca en la Casa Rosada o el Congreso. En definitiva, cuando nos demos cuenta que la historia, nuestra historia política, nos enseña no sólo lo que puede suceder si tomamos en nuestras manos los destinos del país sino que tan sólo la política y los políticos (y no los empresarios puestos a manejar el timón del barco) son la llave para reconstruir lo destruido en estos años y aspirar a vivir como lo hacíamos antes de la debacle macrista o, tal vez, mejor aún.
La mayoría de ellos, que renegaban de los subsidios porque pensaban que sólo beneficiaban a los pobres o desocupados, seguramente descubrieron en estos años de ajuste macrista que ellos mismos eran beneficiarios de subsidios estatales en los servicios públicos (gas, electricidad, agua potable y transporte) cuando vieron subir las tarifas en forma geométrica, lo que redujo su presupuesto familiar destinado a otros gastos prescindibles, como turismo, salidas semanales o electrodomésticos, algo a lo que se acostumbró durante el denostado kirchnerismo.
Cuándo surgirá este nuevo movimiento popular no es posible asegurarlo. Si será en 2019 o 2023 dependerá no de las teorías de sociólogos o politólogos, de los deseos de políticos o de los propios actores sociales sino de los hechos sociales y políticos mismos, tan difíciles de pronosticar como de negar. Pero lo seguro es que, si no se producen cambios drásticos en el rumbo del gobierno, el caldo de cultivo de un nuevo movimiento popular reivindicativo de los derechos perdidos o amenazados de la población seguirá creciendo. El proceso no sería igual al de los casos anteriores, porque la historia (a pesar de la creencia popular) no se repite, pero no debemos soslayar las coincidencias y aprender de sus lecciones.



3 de julio de 2018

Argentina: una nueva frustración en manos de un equipo mediocre atado con alambres.

No es una novedad ni una originalidad afirmar que la gente esperaba más de la actual conducción de esta Argentina, y no tanto de la Argentina misma. Esperaba una especie de milagro que nos sacara adelante una vez más, pero ese milagro no llegó. Existía un amplio consenso de que Argentina tenía muchos problemas que esta gestión venía a solucionar, pero terminaron empeorando y se desnudaron otros que no existían antes. Y el resultado final es esta crisis autoinfligida que todos reconocen.
El líder o conductor escogido llegó con credenciales de anteriores gestiones supuestamente prestigiosas, cultivando la confianza, las esperanzas en el futuro, pero a poco andar todas las ilusiones que se depositaron en él desaparecieron, y aparecieron las dudas, cada vez más grandes; las que se fueron acumulando, potenciando entre ellas y los resultados atemorizaron hasta a los que más fervientemente lo apoyaban en un principio. Prometió una revolución en su campo, con ideas nuevas, modernas, renovadoras y transparentes, pero ahora es evidente que eran recicladas, repetidas y fallidas.
Se rodeó de un equipo multidisciplinario, de gente joven, que rompería con el pasado, supuestamente probado anteriormente en cada campo de acción, pero con el transcurso del tiempo y la aparición de los desafíos ese supuesto prestigio se fue desgajando. Y se fueron descubriendo desinteligencias internas que empeoraban los problemas y faltó la coordinación en la acción, la autoridad política que ejerciera la orden de mando, que brindara seguridad tanto en el interior como hacia afuera del equipo de trabajo.
Los miembros de su equipo, salvo excepciones, no cumplieron con las expectativas. Y los obligados cambios de nombres tampoco contribuyeron para alcanzar los objetivos iniciales de su gestión. Los resultados fueron de mal en peor. Son numerosos sus errores no forzados que se sumaron a las circunstancias externas que socaban la realidad de millones de argentinos que lo observan incrédulos ante la pobreza de resultados.
Algunos de los que se suponían serían jugadores inamovibles antes de empezar, ni llegaron a debutar o lo hicieron en puestos distintos, menores o alejados de su radio de acción, y ellos fueron los que primero se alejaron de quien se suponía que conducía cada una de las aéreas de trabajo de su equipo. Y, además, la cabeza de ese equipo sorprendió con incorporaciones de último momento que tampoco rindieron como se esperaba.
El adversario y el aliado analizan permanentemente nuestro accionar, y si ve inconsistencias, dudas o grandes errores en nuestro accionar y que los resultados no llegan, arremete entonces con sus ataques o jugadas y aparecen así los errores propios o las defecciones. Y eso es lo que abunda hoy en día.
Las consignas u objetivos claros y más prometedores y concluyentes probaron ser meros eslóganes. Nunca se supo cómo lograría lo que la actual gestión anunció, más allá de tantas palabras bonitas, oportunas y que finalmente probaron ser vacías. Tanto el líder, responsable mayor, como sus colaboradores parecían seguir creyendo en ellas, o al menos actuar bien ese papel como lo hicieron antes de asumir la responsabilidad de llevarlas a cabo.
Su autoridad se deterioró constantemente, y hoy en día la aprobación de su gestión sigue barranca abajo, lo que empeora las expectativas de aquí en más.
Y ahora él, que debe demostrar convicción y seguridad en sus decisiones, y mostrar autoridad en el ejercicio de su poder, descarga la culpa en factores externos y actores del pasado o tal vez en el destino. Argumenta que actores de la realidad no le responden y boicotean su gestión; algo que cada vez menos gente le cree.
Y quienes ahora comparan los resultados de esta gestión con la anterior comienza a extrañar aquellos años en que, aunque se soñaba en un futuro mejor, el presente era otro, mejor, aunque no ideal. Y eso contribuye a desprestigiar la gestión actual, tan llena aún de promesas ya vanas de un futuro mejor, carencias actuales dolorosas y expectativas que ensombrecen el futuro.
Pero quien fue elegido para este período debe concluir su mandato, aunque algunos piensen que los desastrosos resultados obtenidos deberían forzar su alejamiento. Debemos parar la pelota, observar el panorama y enfocarnos en un proyecto alternativo, reparador de tanto dolor y superador del actual, ya fallido, y no tomar decisiones empapadas de esta frustración y enojo. No sirve tampoco regodearse en lo que pudo haber sido y no fue, ahora que se acumulan los errores y las malas decisiones. Sí, por supuesto, debemos dirigir los cuestionamientos a todos quienes participaron en la toma de decisiones que nos llevaron hasta aquí. En definitiva, a quienes obtuvieron la confianza de todos postulando sus objetivos esperanzadores que tenía este proyecto fallido. Es hora de mirar para adelante, sin dejar de recordar lo sucedido hasta ahora y procurando no enceguecernos con el dolor de la derrota ni con el canto de sirena de nuevos conductores que prometan el oro y el moro con tal de que aceptemos su proyecto. Antes debemos sopesar cuidadosamente los pergaminos que ostentan, su historial y los colaboradores que lo acompañan.
Y así llegamos al mes de julio, dos años y medio después de que asumiera la responsabilidad de conducción de este proyecto, sin los resultados esperados, con la esperanza marchita y con los peores pronósticos para el futuro. Con un equipo que se suponía ser el mejor de los últimos 50 años y que vemos que conduce el país atado con alambres, muy lejos de lo que se esperaba, con decisiones cambiantes, inestables que generan resultados desastrosos y un futuro hipotecado.
Paradójicamente, este diagnóstico del presente del gobierno de Mauricio Macri, que sumió el 10 de diciembre de 2015, se asemeja mucho (demasiado diríamos) al que podríamos realizar analizando la gestión de Jorge Sampaoli al frente de la selección mayor de fútbol desde el 1 de junio de 2017. Pero no es aquí donde analizamos al actual técnico de la selección, aunque desde el principio de estas líneas parecía que lo hacíamos... ¿no es cierto? Porque, en realidad, cualquier semejanza con esa realidad deportiva es... una mera coincidencia.

Para no evadir el tema del fútbol, recomendamos un par de notas sobre el tema, cuyos autores saben más que nosotros en esa materia. Con relación al partido que nos dejó afuera, leer esta nota de Carlos Bianchi, y con relación a la gestión Sampaoli, esta otra de Adrián De Benedictis.

12 de junio de 2018

El sueño macrista terminó. ¿Comienza ahora la pesadilla "menem-delarruísta"?

A pesar de la euforia o los festejos del elenco estable de Cambiemos (funcionarios, políticos, medios y periodistas), la caída del modelo económico macrista en las garras del FMI demuestra la impericia de los gestores del neoliberalismo de turno en Argentina, más allá de la remanida falibilidad de este modelo en los países que habitan los arrabales de la economía mundial. Como enseñaba el profesor emérito de la UBA, Aldo Ferrer, si acordamos que la globalización es inevitable, "cada país tiene la globalización que se merece en virtud de la calidad de sus políticas nacionales".(1) Y el macrismo (o Cambiemos) ha elegido una globalización sometida para nuestro país. Un tipo de dependencia económica (y su dramático efecto inmediato en lo social) similar a la escogida por el establishment criollo durante los gobiernos autoritarios de la "década infame", el "Proceso de Reorganización Nacional" o en la década democrática del menemato. Pero, a diferencia de aquellos protagonistas, los actuales parecen ser una legión de astutos empresarios o financistas oportunistas que se lanzaron a improvisar en la economía política, creyendo que quien conoce los resquicios de la economía empresarial o financiera puede conducir un país. Es por eso que la que llamamos "revolución macrista"(2) tiene objetivos muy claros, plazos limitados, un pésimo uso de las herramientas económicas y un descaro para tomar medidas tan grande como su ignorancia de las consecuencias sociales y políticas de las mismas.
Toda la parafernalia macrista de propaganda, marketing, uso novedoso de las redes sociales con fines propagandísticos y el big data alcanzaron para ganar elecciones y llegar hasta acá. Pero se llegó a un límite, el de la realidad social y política. Blandir la “no política” para gobernar es similar a utilizar la (si se me permite el neologismo)  “no medicina” para curar: una contradicción en sus términos. Las políticas que alcanzaron a Macri para gobernar exitosamente durante dos períodos la próspera ciudad de Buenos Aires no fueron sólo las propias sino, fundamentalmente, las políticas nacionales aplicadas por el gobierno nacional (el kirchnerismo), con su crecimiento constante del PBI y del mercado interno. Acabada esa savia que llenaba los bolsillos de porteños y arcas públicas porteñas, la mencionada parafernalia macrista pasó a ser sólo espejitos de colores. El sueño terminó, el juguete con el que los CEOs y empresarios jugaron a la política se rompió y la lluvia de inversiones con que soñaron e hicieron soñar a la mitad de los electores en 2015 pasó a ser una lluvia de deuda externa, Lebacs, inflación, desempleo, pobreza, tarifazos y, finalmente, el FMI.
Empezaron creyendo que las inversiones extranjeras (que para ellos son las únicas que valen) sumado a la prosperidad del “campo” impulsaría la economía. Pero eso falló.
Siguieron con el plan de endeudarse a una velocidad inusitada y un ajuste “gradual”. Pero eso también falló.
Probaron entonces con un generoso blanqueo (en especial para ellos mismos) y una reforma jubilatoria como anzuelo para los reacios legisladores de la oposición. Pero, oh casualidad, eso también falló.
Después hicieron uso de las famosas Lebacs y un ajuste socializado entre las provincias. Pero eso también falló.
Y, finalmente, apelaron a la “original” y “salvadora” jugada de arrodillarse ante el FMI y sus receta (similar al plan económico macrista original). Recurso que tanto ortodoxos como heterodoxos de la economía (y la historia nacional e internacional) representa en sí mismo un fracaso de las medidas macristas, y la mayoría de ellos auguran que fallará.(3)

Como señala Luis Tonelli: “Por más de dos años, el PRO aparecía como lo impetuosamente nuevo, que iba a barrer con las “viejas y vetustas formas de hacer política”. Se imponía la comunicación a través de imágenes, despolitizada, simple, desideologizada. Había llegado el tiempo de rostros jóvenes, sonrientes, despreocupados, alegres. Se acaban los rictus dramáticos, los discursos tribuneros, las declaraciones destempladas. Era el momento de los curriculums y no de las historias. De los postgrados y no de los experimentados. De los exitosos en la actividad privada y no de los mediocres de la actividad pública”.(4)

Por todo eso, no es necesario adivinar qué es lo que vendrá. Nuestra historia económica es demoledora con los ejemplos del fracaso de estas recetas. Además, no solo la historia nos ilustra sobre las andanzas del FMI: en 2010, mientras Argentina festejaba el bicentenario de su revolución, en medio de un júbilo y una economía que crecía y distribuía entre todos, Grecia recurría al FMI y sus recetas para salir de una crisis. Hoy, ocho años después, se debate en un estancamiento y retroceso socioeconómico feroz que deberíamos analizar seriamente. “Grecia cumplió con todas las condiciones que impuso el Fondo pero terminó hundida no solo en la peor recesión de su historia sino también en la más dramática depresión económica que haya experimentado una nación en el último siglo sin haber atravesado una guerra. Un desplome del PBI del 27%, caídas del 40% del salario real, las jubilaciones y los planes sociales, una desocupación que supera el 22% y araña el 50% entre los jóvenes y una inversión real fija que bajó a la mitad en relación al PBI”.(5)

Sin embargo, la historia no es mecánica ni rígida, es plástica, no la hacen los líderes ni las instituciones, la hacen los pueblos (perdón por el arcaísmo) y su circunstancia. No es una ciencia dura, y es dinámica y multicausal, para analizarla no sirven las matemáticas ni las planillas Excel. Pero no debemos obviar las referencias históricas y culturales; y menos las nuestras, tan abundantes en relación a movimientos populares protagonistas, que surgen sin avisar y barren con las cadenas del status quo impuesto por los círculos rojos, los establishment o las oligarquías de turno, dependiendo de la semántica de época.

Ya definimos aquí las características de esta revolución autóctona conservadora o restauradora(6), y las distintas etapas que recorrió hasta hoy(7). Pero en esta nueva y turbulenta etapa, que comienza con el apresurado y sorpresivo anuncio del regreso del FMI a tallar en el país, el panorama que se atisba no es tan claro como en los casos anteriores. No sólo porque las sociedades no se comportan mecánicamente ni repiten conductas cíclicas (como gustan afirmar los aprendices de hechiceros puestos a pronosticar en ciencias sociales), sino que avanzan o retroceden a lo sumo en forma de oleadas, imprecisas e imprevistas muchas veces, pero seguramente sin obedecer o respetar leyes o certezas de comentaristas o panelistas de TV. No obstante, sí podemos afirmar que las próximas medidas del gobierno de Cambiemos (que dijo llegar para mejorar la vida de todos, que no iba a quitarnos nada y mejorar lo que estaba bien y cambiar lo que estaba mal) serán resistidas por el pueblo. Cómo será esa resistencia popular no puede pronosticarse, pero seguramente será similar y tan  innovadora como las experiencias históricas que atravesó la Argentina. No obstante, lo que sí podemos afirmar es que los tiempos que vienen serán económicamente duros, socialmente movidos y políticamente intensos. El estallido de 2001 no va a repetirse (la historia nunca se repite); tampoco lo hará la larga crisis de los 90, ya que las circunstancias políticas y económicas son diferentes. Pero no deben descartarse movilizaciones y represión similares, el desprestigio de la política y los políticos, la caída en desgracia de liderazgos actuales (del oficialismo y de la oposición) y el surgimiento de nuevos. Sin embargo, como venimos afirmando aquí, no debemos obviar los hechos y los movimientos históricos al analizar el presente y menos al pronosticar el futuro. El entusiasmo de analistas, panelistas de TV y políticos en soslayar el papel futuro de quien gobernó hasta 2015 (Cristina Fernández) y se retiró con una plaza llena e índices de aprobación envidiados por todos los presidentes anteriores (menos Néstor Kirchner) es envidiable. Más aún cuando ignoran (voluntariamente o no) nuestra propia historia política. No vamos a repetir acá los hechos y conceptos sobre el tema que hemos analizado oportunamente, pero sí subrayar una característica de nuestra sociedad: el surgimiento de líderes políticos populares que en el libre juego de las urnas son reelectos, y que los defensores del status quo deben derrocarlos, encarcelarlos o proscribirlos para que no regresen al gobierno. Es que los votantes argentinos suelen ser caprichosos e insistir en votarlos a pesar de las cruzadas de desprestigio en su contra. Ya decíamos en julio de 2017:
"Para evitar el regreso del kirchnerismo, el círculo rojo y el gobierno (que forma parte del mismo) utilizarán cualquier método a mano, como lo han hecho en los casos anteriores. Para mencionar tan sólo algunos, recordemos la proscripción, persecución o encarcelamiento de Yrigoyen y muchos de sus funcionarios y partidarios, y la  persecución, encarcelamiento o proscripción de Perón y muchos de sus funcionarios y partidarios. Sin embargo, en esos casos ambos gobiernos populares fueron derrocados por la fuerza, cosa que no es viable en este siglo. No obstante, en estos últimos meses suena cada vez más probable las otras dos variantes, la cárcel y la proscripción para los miembros del actual movimiento popular, independientemente de que sea justificadas o no las causas judiciales impulsadas".(6)


Esta característica de nuestra sociedad de reciclar sus movimientos populares, de resurgir de las cenizas en las que la convirtió el establishment de turno, debe sopesarse muy bien antes de barajar y dar de nuevo en el juego de la política electoral que se avecina. No sea cosa que nos distraigamos con los fuegos de artificio de los medios hegemónicos (y los no tanto) y el drama de los padecimientos socioeconómicos o la represión de todo tipo que se adivina en el horizonte y nos sorprendamos nuevamente con la regeneración o remozamiento en 2019 de un neokirchnerismo, del mismo modo que surgieron un neoperonismo en 2003 o un neoyrigoyenismo en 1945.

Aunque nada es seguro, la posibilidad de la repetición de este fenómeno autóctono existe. Y, según, parece, como hemos dicho más de una vez, el gobierno parece estar dando pasos firmes e involuntarios en ese sentido, y tal vez aproximarse peligrosamente la pesadilla menem-delarruísta o tal vez una resaca macrista. Esa parece ser la causa por la que el círculo rojo está preocupado por los últimos acontecimientos y apurado para tomar medidas anticipatorias ante esa posibilidad. Al parecer, adivina que su sueño macrista (y el de gran parte de los votantes de Cambiemos del 2015) ya ha terminado. Obviamente, esta es la foto del momento; por lo tanto hay que esperar y ver toda la película. Pero creemos, humildemente,  que esta película ya la hemos visto antes. Y más de una vez.





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