Días atrás analizamos el mito argentino que dice que “Somos un país muy inseguro”, y en esa oportunidad verificamos que la realidad que muestran las cifras de la criminalidad en Argentina contrastan mucho con la percepción que
tiene gran parte de la población sobre ese tema. También allí se brinda una explicación
tentativa del por qué se produce esta discrepancia. Para complementar ese
informe apelaremos ahora a algunos textos extraídos de los principales medios y veremos si también corroboran lo
postulado en esa nota de Basurero Nacional sobre la seguridad o inseguridad que existe en Argentina.
Comencemos con una
reflexión sobre esa diferencia entre la percepción de la inseguridad y la realidad de la criminalidad escrita por la pensadora de centro-derecha y actual columnista de La Nación, Beatriz Sarlo:
Tiempo presente.
En los últimos meses, los
medios de comunicación informaron, entre otros, de los siguientes hechos: dos
jóvenes asaltaron un supermercado, el policía de guardia quiso rendirse pero,
cuando hizo entrega de su arma y credencial, fue asesinado de dos tiros en la
cara; un estudiante universitario secuestró a su novia, compañera de estudios,
la condujo al sótano de la facultad y allí, esgrimiendo un arma, amenazó con
matarla y con matarse; en la fiesta de fin de curso de un colegio secundario
privado, los guardias de seguridad de la discoteca castigaron a unos muchachos
que estaban provocando a otros, la gresca se generalizó y hubo treinta heridos,
algunos graves; un trío de delincuentes asaltó un banco, tomó rehenes, la
policía intervino torpemente y éstos resultaron muertos; dos hombres intentaron
robar una quinta y, como no encontraron nada valioso, torturaron a la dueña
quemándole las manos; una pareja castigó a su hija de tres años hasta matarla y
los vecinos estuvieron a punto de lincharlos; los pasajeros de un ómnibus
suburbano liquidaron a garrotazos a un delincuente que intentó asaltarlos
armado con un cuchillo; un ciclista le partió una botella de cerveza a una
joven señora que cruzaba una avenida céntrica a las ocho de la noche, con su
hijita en brazos; dos borrachos adolescentes atropellaron y dieron muerte a
tres amigas, un sábado a la noche; un chico de seis años que jugaba en el
pasillo de una villa miseria murió impactado por un proyectil durante un
enfrentamiento entre bandas de narcos; un policía fue muerto a balazos mientras
custodiaba la entrada de un banco; dos ladrones organizaron un raid por los
barrios de Buenos Aires, tomaron media docena de rehenes y terminaron muertos
por la policía con cuarenta tiros; un kioskero, un almacenero, un farmacéutico,
un carnicero, mataron a tiros a un/unos delincuentes que quisieron asaltarlos;
varios jóvenes delincuentes, en apariencia drogados, mataron a tiros a un
kioskero, a un almacenero, a un farmacéutico a quienes estaban asaltando;
varios delincuentes mataron a varios policías y viceversa. Todos los días hay
robos, atracos, accidentes callejeros, violencia armada en las villas miserias
y también en los barrios ricos; en el centro de la ciudad (...) los estudiantes
secundarios son regularmente asaltados, cerca de las escuelas, por otros
chicos, muchas veces conocidos de sus víctimas; después de las doce de la noche
casi nadie toma un taxi por la calle temiendo ser despojado por el propio
chófer.
La lista de los casos de violencia urbana es
prácticamente infinita. Alimenta un sentimiento
de inseguridad colectiva que se ha convertido en una pasión: la pasión del miedo como (des)organizadora de
la relación con el espacio público.
Trataré de explorar las
dimensiones culturales de este problema. La primera y más obvia: ni Buenos Aires ni el conurbano que la
rodea son, como Caracas, Bogotá, ciudad de México o San Pablo, territorios homogéneamente violentos.
Sin embargo, la violencia ha aumentado y,
aunque esto no es cuantificable, tanto como la violencia ha aumentado la sensación de inseguridad.
Esto sucedió porque la sensación de violencia no se mide en
referencia a la de otras ciudades latinoamericanas, sino que se la compara con
la experiencia histórica de buena parte de este siglo en Argentina. La
violencia se lee en relación a las expectativas de seguridad.
Aunque la prensa dramatice la inseguridad en que viven
los vecinos afluentes, sin duda es en los sectores más deteriorados de los barrios
donde la delincuencia y la droga se constituyen como problemas permanentes. Es
allí donde también se extiende el territorio de una policía sospechada de
corrupción. Rodeando a esta ciudad transformada, el Gran Buenos Aires ofrece un
patético y grotesco entramado de villas miserias y barrios pobrísimos, viejos
barrios obreros consolidados donde hoy campea la desocupación y franjas enormes
de nuevas urbanizaciones cerradas (los llamados country-clubs y barrios
privados que son la versión tercermundista de los suburbia norteamericanos).
La violencia urbana da la idea, e impulsa la
experiencia, de que el estado no puede garantizar esa paz entre los miembros de
la sociedad.
La circulación y venta
clandestina de armamento, la debilidad o la corrupción de las fuerzas
policiales, el desorden de la represión cuando actúa excediéndose, son factores
del naufragio sufrido por una sociedad
que llega a sentir que el Estado ya no la sostiene. No se necesita ser
filósofo de la política, para experimentar la idea de que el contrato
originario (que como toda narración subsiste como mito) está fisurado y que el
Estado, pese a los reclamos y pese a las intenciones de los gobernantes, no
está en condiciones de hacer aquello para lo cual fue instituido.
Beatriz Sarlo
Esta interesante
reflexión sobre la diferencia entre inseguridad y sensación o sentimiento de inseguridad colectiva que
ofrece Sarlo, no hace más que coincidir con el planteo de la nota de Basurero
Nacional mencionada más arriba. Pero si esto sorprendiera al lector, mucho más lo sorprenderá saber que esta opinión de la actual columnista de La Nación fue publicada el 23 de setiembre de 2001, meses antes de la
explosión del modelo de país neoliberal, por lo que su título, "Tiempo Presente", y el hecho de que fuera publicada en Clarín resulta paradójico. Como
vemos, el tema de la inseguridad
ciudadana no es un problema que haya surgido en los últimos años. Más aún, como
hemos demostrado en la mencionada nota, es un problema que viene de décadas, bien antes de que el kirchnerismo llegara al poder; e
incluso que en esta última década ha mejorado notablemente.
Para
completar ese análisis, repasemos lo que el mismo diario La Nación publicó hace unos años (en base a encuestas realizadas por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano (Copub) entre los vecinos de Buenos Aires) sobre
el mentado fenómeno de la “sensación de inseguridad” o “sentimiento de
inseguridad colectiva”:
Los porteños
consideran que el delito más frecuente es el robo, pero en segundo lugar ubican la violación, los secuestros y los
homicidios, hechos ilícitos que están muy abajo en las estadísticas policiales.
"Hay una percepción inflada de estos delitos y
los medios tienen mucho que ver, por ejemplo, con la violaciones y el caso
denunciado en el subte [el más resonante, ocurrido en la estación Callao de la
línea B]", explicó García Beaudoux.
D Adamo
completó: "Hay delitos que por su naturaleza afectan más la sensibilidad,
pero cuando un delito sale bastante
seguido en los medios, muchas veces se recibe como si se tratara de diferentes
hechos".
Y explicó que
muchos entrevistas respondieron cosas como ésta: "Yo no siento inseguridad, pero si me tengo que guiar por lo que
dicen los medios, sí hay mucha inseguridad". Así, los medios actúan como
un termómetro.
Crece la sensación de inseguridad
entre los porteños. No quedan dudas de que (…) los ciudadanos de la
Capital se sienten más desguarnecidos frente al delito.
"Se registra una mayor sensación de inseguridad
que antes. En los últimos meses, hubo
algunos casos muy renombrados en los medios, con delitos del narcotráfico,
o el crimen de los tres policías en La Plata, que llamaron la atención de la opinión pública y eso hace que se sienta
que se incrementó el delito", explica Virginia García Beaudoux,
coordinadora del Copub.
Pero la experta aclara: "La percepción de inseguridad no tiene que ver directamente con el
aumento efectivo del delito -aunque se relaciona con ello- sino que tiene que ver con lo que percibe a
través de ciertos casos más llamativos".
"En otras épocas eran otros los delitos; hace dos
años, los encuestados mencionaban las violaciones, por la cobertura informativa
que hubo entonces de varios casos en poco tiempo, y luego se hablaba del secuestro",
explicó la especialista.
Tal vez por tratarse del delito más grave, el homicidio aparece en segundo lugar en
las percepciones, pero no se corresponde esto con la realidad. En la ciudad hubo 116 homicidios en 2007,
lo que da una tasa cada 100.000 habitantes de 3,83, sensiblemente más baja que
la de Nueva York, que llega a 6.
De hecho, el 70 por ciento de los delitos recientes
más recordados por la gente en la actualidad se concentran en dos casos: el
triple crimen de los jóvenes empresarios en General Rodríguez y la familia
asesinada en Campana, a raíz de una venganza.
"Esta vez hay más percepción de la necesidad de
penas más duras, pero no están tan disconformes con las penas vigentes; creo que se confunde con la sensación de que
muchos delitos quedan impunes. Muchos dicen que entran por una puerta y
salen por la otra, pero no saben si por el reducido valor de las penas o porque
las personas no son acusadas debidamente por los delitos que cometen",
explica García Beaudoux.

Pero no sólo en la década kirchnerista el diario La Nación hablaba del tema de la "sensación de inseguridad", sino que también lo hacía en la década anterior, en pleno menemismo. Hagamos un breve repaso de esas notas y editoriales:
Lunes 14 de agosto de 2000.
El ministro del Interior, Federico Storani, convocará a todos los gobernadores a una reunión del Consejo Nacional de Seguridad y los invitará a adherir a un plan nacional de prevención del delito.
En los próximos días, el ministro de Justicia, Ricardo Gil Lavedra, se reunirá con Storani para ultimar los detalles de un borrador de ese plan, que intenta dar una respuesta a la ola de delitos callejeros que se expande por todo el país y a la creciente sensación de inseguridad de la población.
El 31,5% de los porteños respondió haber sido víctima de algún delito contra la propiedad -asaltos, robos, hurtos-, mientras que ese porcentaje llegó a 36,8 puntos en el Gran Buenos Aires.En Rosario, la cifra es de 41%. Y en la Capital, durante los últimos cinco años se triplicó la tasa de robos con armas.
Lo que preocupa a las autoridades es que perdure la alta tasa de inseguridad: el 84% de los porteños y de los bonaerenses consultados dijeron que temían ser víctimas de algún delito.
Nota completa
07 de enero de 1999.
Inseguridad: las autoridades no se ponen de acuerdo.
(...) el gobernador de la provincia, Eduardo Duhalde, está serio, si se quiere distante: habla de la ola delictiva en la provincia que gobierna.
Arranca con una frase estructurada. "Hay una sensación de inseguridad que es tan grave como la inseguridad misma. De nada vale que le diga que hoy hace 25º si su sensación térmica es de 0º", remarca.
-Pero la gente tiene miedo porque la asaltan o la matan mientras va a tomar un colectivo.
-Es que mientras no tengan una sensación de tranquilidad, van a seguir teniendo miedo. Lo que se requiere es un cambio de la sensación, que se va a producir cuando bajen efectivamente o en forma permanente los índices delictivos.
-Al hablar de índices, ¿no percibe usted que la gente no les cree cuando dicen que bajó la delincuencia?
-Mire, espero el regreso de Arslanian para firmar un decreto a través del cual, mes tras mes, vamos a publicar oficialmente los índices delictivos del ministerio, pero chequeados con la Corte. Hablaremos, eso sí, de delitos que no tienen cifras ocultas, como los homicidios dolosos.
Nota completa
13 de enero de 1998.
DÍGASE cuanto se diga para tratar de atemperarla, los porteños se sienten agobiados por la permanente sensación de inseguridad. Los paños tibios que tratan de prescribirles para remediarla no surten efecto. Su preocupación no se funda en las estadísticas, sino en datos concretos. Ya no quedan lugares en que un porteño se pueda considerar a salvo de las codiciosas apetencias de los amigos de lo ajeno.
Nota completa
07 de abril de 1997.
Editorial
La comunidad se siente insegura.
Nuevas y osadas modalidades del delito contribuyen a exacerbar la sensación de desprotección que embarga a la comunidad. Una de ellas son los asaltos a los pasajeros de taxis que, por otra parte, no son exclusiva obra de una mafia enquistada en el Aeroparque, como erróneamente se suele suponer, ni tampoco se limitan al Centro, los ámbitos de la zona bancaria y los barrios de alto poder adquisitivo, pues los asaltantes sobre ruedas llevan a cabo sus fechorías en casi toda la ciudad.
Si llegase a subsistir "sin soluciones" la sensación de inseguridad que afecta a gran parte de la población metropolitana, el temor se podría convertir en pánico.
Nota completa
05 de mayo de 1997.
Encuesta en el Gran Buenos Aires para La Nación.
Delito y desempleo son los males más temidos.
Uno de cada cuatro habitantes del Gran Buenos Aires sufrió algún robo o asalto, entre otros delitos, en los últimos seis meses.
El dato surge claramente de una encuesta realizada para La Nación por Graciela Römer y Asociados y seguramente explica por qué el 64% de los residentes en el conurbano se siente poco o nada seguro cuando camina por las calles de sus barrios.
En ese sentido, y acorde con el espacio cada vez más amplio que los hechos criminales ocupan en la prensa, el 84 por ciento de los votantes sostuvo que aumentó la violencia en la calle en los últimos tiempos.
Pero más aún:el 85 por ciento expresó que la violencia no sólo creció en el Gran Buenos Aires sino en toda la sociedad en general.
"De noche casi no se ven patrulleros. Esto no puede seguir así. Para que te des una idea de como está la situación acá, sólo tenés que ir para el lado de Fuerte Apache. Allá tienen más poder que la policía. Definitivamente el conurbano es muy inseguro", sentenció.
Elda Díaz, de 48 años, dueña de quiosco de Caseros, coincidió plenamente con Rodríguez: "Ya nos robaron 5 o 6 veces en menos de 4 meses. Nosotros mantenemos la puerta cerrada y atendemos por la ventanilla, pero es lo mismo que vos tomes precauciones o no. Vienen a cualquier hora, caminando, en auto o en moto.
"Ya no me siento segura -comentó parapetada detrás del mostrador-. Me parece que debería haber más efectivos. No se puede vivir pensando en que a uno lo van a asaltar".
"En la provincia se respira miedo", comentó Cynthia Volmer, una encuestadora de 21 años que realiza su trabajo por la zona oeste, concentrándose Ramos Mejía. De acuerdo con la joven, los habitantes en el Conurbano son muy cautelosos y no hablan con desconocidos.
Nota completa
24 de septiembre de 1996.
Editorial
Varios hechos delictivos -entre ellos, el asesinato a sangre fría del farmacéutico que sorprendió a los asaltantes de su esposa, del que fueron culpados cuatro menores de edad que vivían en la villa de emergencia La Cava, de San Isidro-, ha traído a colación, una vez más, el recurrente y crítico cuestionamiento por la subsistencia de esos asentamientos. Allí mismo, pocos días después, fueron detenidos otros delincuentes, en un caso que revela la sistemática explotación de menores para cometer graves delitos.
Esa consideración se ha agravado por la proliferación explosiva de delitos -desde ínfimas raterías hasta crímenes aberrantes-, desencadenante de una evidente sensación de inseguridad que ha exacerbado las prevenciones -muchas veces injustas- de buena parte de la comunidad respecto de las villas de emergencia.
Nota completa
LA CRISIS DE LA SEGURIDAD
El país del miedo.
El fantasma del robo, la violencia y la muerte electriza a la Argentina.
Hay gente que sólo entra en los cajeros automáticos de avenidas iluminadas y con un amigo de guardia en la puerta. Hay quienes desconfían de los taxistas, de los jóvenes de la esquina. Hay consorcios que cambian las llaves de la puerta de calle hasta dos veces por mes. Hay countries y barrios privados que cobran más caro porque tienen bajada directa de la autopista. Hay miedo en la calle. El fantasma del robo y la violencia sopla en la nuca de la ciudad, suelta sus perros de caza en los suburbios y aúlla en las noches sin sueño de quienes vuelven a su casa en barrios poco iluminados. Algunos medios de comunicación, el Gobierno, la Policía Federal y hasta algunos jueces lo exhiben, lo utilizan, lo amenazan de muerte.
Escéptica en cuanto a los resultados, la sociedad ha optado por privatizar la seguridad. Aquellos que pueden pagar se recluyen en barrios privados -cuyos principales clientes son jóvenes de 25 a 35 años con hijos pequeños- y countries, u obtienen servicios adicionales de la Policía, como la custodia de las bajadas de la Autopista del Sol, que conduce a los suburbios del norte de la ciudad.
CLIMAS
Hasta el año pasado, la inseguridad no existía en el discurso oficial. Las estadísticas de la Policía Federal marcaban un descenso del delito y su jefe, hoy secretario de Seguridad Interior, comisario general Adrián Pelacchi, advertía que se difundía un mito sobre Buenos Aires como "ciudad violenta", que no se compadecía con la realidad.
Bastaba comparar los 1500 homicidios anuales de Nueva York -enarbolados como un éxito frente a los 2600 del pasado- con los 132 de Buenos Aires en ese 1996 para respirar aliviados; más si se tenía en cuenta que un 68,93 por ciento de los casos había sido resuelto.
Esa idea no desapareció. Carlos Brown, secretario de Seguridad bonaerense, acepta pensar que la actual sensación de inseguridad responde a una "histeria colectiva" alimentada por "algunos medios de comunicación que hacen negocios y obtienen rentabilidad con la dramatización" de delitos, condenas y hasta ejecuciones de la pena de muerte.
Para Brown, no hay un aumento de delitos graves que permita pensar en la necesidad de mayores castigos. El malestar social, según él, nace de la persistencia de los delitos menores -arrebatos, hurtos, pequeños robos-, instigados por causas "económicas, sociales y culturales".
La Federal había tomado con frialdad profesional la ola de asaltos armados a restaurantes en pleno centro de Buenos Aires del año anterior. Pero la muerte de uno de los suyos era un desafío imposible de admitir.
También un sector del Poder Judicial encontró allí respuestas a su ineficiencia, que ha llevado a una situación en la que, de acuerdo con cifras del Ministerio de Justicia, de cada 200 delitos se denuncian 60, se identifica a sólo 12 sospechosos, se condena apenas a seis y va a la cárcel sólo uno.
Esta franja explicaría los simulacros de fusilamiento sufridos por personas asaltadas en una esquina, los asesinatos de víctimas que ni siquiera se resistían, o la revancha sangrienta contra quienes, fatalmente, cometieron el error de no llevar dinero suficiente para ser robados con provecho.
Nota completa
Entonces, visto y considerando que se afirma en La Nación que “la percepción de
inseguridad no tiene que ver directamente con el aumento efectivo del delito” y que Beatriz Sarlo señala en su nota en Clarín que “la sensación de violencia no se mide en referencia a
la de otras ciudades latinoamericanas, sino que se la compara con la
experiencia histórica de buena parte de este siglo en Argentina”, este humilde
servidor público se dispone a traer a nuestra memoria algunos
ejemplos de los casos de inseguridad ciudadana que se publicaban en aquellos años y que refuerzan lo demostrado por las estadísticas ofrecidas en la citada nota anterior de Basurero Nacional. Para no apabullar con todos los
casos, en este breve refresca-memoria sólo tomaremos algunos publicados entre 1997 y 2002, y no en diarios catalogados como amarillistas sino (una vez más) sólo en los diarios La Nación y Clarín.
Pasemos ya, pues, a los hechos publicados en esos años:
Año 1997